Sociedad Ubicua
Por Juan Pablo Herrera
En la sociedad contemporánea existe una desdibujada línea de relaciones e interacciones tangibles y sensibles entre los sujetos. Actualmente -y según el planteamiento de este texto- los seres humanos se categorizan como una sociedad ubicua, seres fragmentados que viajan constantemente sin desplazarse físicamente del lugar donde están, y que se comunican de manera vertiginosa. La tecnología nos ha brindado la capacidad de materializarnos simultáneamente en cualquier parte del mundo en segundos y de inmaterializar nuestra imagen en un banco de datos que irremediablemente se vuelve de carácter público.
La virtualización del ser crece de manera indeterminada; desde los medios tradicionales y la transmisión de ideas a través de prensa, programas televisivos o radiofónicos, hasta el gran auge de las redes sociales en el siglo XXI y su avasallador proceso de digitalización que descaradamente llamaré vanguardista en cuanto a la idea del ser humano inmortalizándose a través de la red. Pero no termina ahí: las posibilidades de tecnología que precisan la idea de una ruptura espacio-temporal aumentan cada día y modifican el modo de operar de las personas; realidad virtual, bitcoins, hogares inteligentes, inteligencia artificial, lectores algorítmicos de comportamiento… hasta cibersexo.
Son realidades que no están alejadas del cine y el entretenimiento, cada vez son más comunes las entregas audiovisuales que presentan universos donde el eje principal de la trama está basado en la tecnología. Desde la premiada película de Matrix, hasta la aclamada serie de Black Mirror, pasando del clásico juego de los Sims, a un incontable número de juegos de rol online. Creamos representaciones de nosotros mismos constantemente a través de la red, avatares y perfiles que en muchas ocasiones personifican o incorporan una imagen idealizada de aquello que se quiere mostrar en el exterior, una hiperrealidad de nuestra propia imagen que, en la mayoría de casos, es lo que nos hace felices: ser a través de la red lo que no somos en la cotidianidad.
Puede ser una cortina de humo, ocultar o friccionar aquello que queremos mostrar a nuestros círculos sociales, unas prácticas de vanidad y autoestima que pueden tener algunos rasgos negativos. Según un informe de Centre for Mental Health donde se investigó el impacto negativo que tienen las redes sociales en los jóvenes, descubrieron que existe una serie de riesgos como: la adicción, las comparaciones inútiles que afectan la autoimagen y la autoestima, los sentimientos de envidia, la sustitución de la interacción social y el Ciberbullying (Infocop, 2018).
Se convierte entonces en una coexistencia de realidades, múltiples velocidades de transmisión comunicacional conviviendo entre sí, una red tan prometedora que asimismo implica un peligro constante de información por exceso o malversación de la misma. La red es un espacio inseguro, los perfiles están expuestos a cualquier persona, y la salud mental también entra en un desbalance peligroso. No obstante, mi objetivo no es satanizar las redes, la virtualidad del ser ni mucho menos los avances tecnológicos.
El presentar aquí una serie de características inherentes a la actual fluidez digital es importante para reconocer peligros y posibles afecciones que se pueden vivir en esta nueva -o más bien cambiante- realidad. Por ende, como usuarios constantes de los avances tecnológicos, debemos estar al tanto de las principales afecciones y de esta forma tener cierto esquema de valores digitales que ayuden a la potencialización de las tecnologías y alejarnos del distópico universo de Black Mirror.
Bibliografía
Infocop. (06 de 11 de 2018). Impacto de las redes sociales en la salud mental de los jóvenes. Obtenido de http://www.infocop.es/view_article.asp?id=7686
