La transparencia en el espacio público
En ¿Qué es la política? Hannah Arendt argumenta que la respuesta a esta pregunta sólo puede comprenderse como el espacio público, compartido por todos, que requiere de igualdad, paz y una comprensión cosmopolita de la sociedad (aceptación de las diferencias). El fin del espacio político es la discusión entre los miembros de la comunidad sobre los temas que interesan a todos. Aquí, Arendt replica la explicación que hacía Aristóteles del fundamento de la sociabilidad de los humanos: el lenguaje. En efecto, para este clásico filósofo griego, es a través del habla que las personas pueden comprenderse en sus diferencias, fundar una memoria colectiva y establecer una base normativa que regula las relaciones internas entre los sujetos.
De este modo, la vida gregaria de todos nosotros y nosotras como personas está mediada por un influjo que invita a la auto-comprensión como miembros de una comunidad. El otro con el que convivo siempre está presente en mí y permea todos los aspectos de mi vida. En este sentido, es sólo mediante el lenguaje que puedo apelar a él, hacerme entender e intentar comprenderlo a él como otro, esto es, dentro de toda la inmensidad de sus pensamientos, sus emociones y su sensibilidad.
En esta medida, tengo la responsabilidad personal para con todos los demás de darme a entender de la manera más honesta y transparente posible. La comunicación sin transparencia es, efectivamente, una tarea imposible. No podría ser el caso que podamos dudar de absolutamente todo lo que escuchamos, puesto que la comunidad -ni que hablar de la cooperación- terminaría volviéndose un espacio irrealizable. En otras palabras, el fundamento mismo de la política es la transparencia, puesto que es la condición necesaria para que podamos entendernos en el mismo terreno, solucionar los problemas comunes, acompañarnos tanto en los momentos buenos como en los malos y progresar como ente social.
Así, pues, todas las personas que actúan de manera amañada, tramposa, hipócrita o mentirosa no sólo dañan en cada caso concreto (robando, timando, etc.), sino que erosionan el tejido social mismo. De esta manera, no solamente afectan a las personas que directamente han engañado, sino que rompen el espacio compartido, haciendo, de esta manera, que el sentimiento comunitario se vea cada vez menos presente y las miembros de la comunidad sientan desidia por tomar las riendas para solucionar los problemas públicos.
