El progreso en Colombia: hacia el cambio de discursos y prácticas
Por: Sebastián Bernal
"En el comienzo, los dioses no revelaron a los hombres todas las cosas. Pero los hombres, a través de sus propias búsquedas, encuentran en el curso del tiempo aquello que es mejor". (Jenófanes, VI a.C.)
Pensar en la idea de progreso resulta interesante dada la variedad de concepciones y vertientes que este concepto supone. Puede haber progreso en las artes, las ciencias, la política, la cultura e, inclusive, el ser; ahora bien, citar este término en Colombia, un Estado caracterizado por la diversidad y multiculturalidad, implica un reto práctico para todos como ciudadanos.
El progreso indica, en la mayoría de los casos, ese sentido de mejora de las condiciones de vida de las sociedades, la búsqueda del bienestar y la posibilidad de convivir en un mejor lugar, lo que quiere decir que, para incursionar en este camino, se debe realizar un trabajo colectivo y crítico, en el que se establecen metas y objetivos a cumplir, entonces, la disciplina, la fuerza, la entrega y la motivación hacen posible la manifestación del progreso.
Por tanto, no basta con querer cambiar, hay que luchar, metafóricamente, por lo que anhelamos como sociedad. Ya lo decía el poeta Hesíodo influyendo el pensamiento de los filósofos clásicos, no se trata de hablar sobre épocas y siglos de oro, de plata, de bronce, de los héroes o de hierro; lo realmente transformador se basa en la educación de personas íntegras que consoliden los "hombres héroes" que lleven a la "raza de oro". En ese sentido, en nuestras instituciones educativas se debe implementar una formación que permita a las niñas y niños trabajar en sus sueños, no solamente que vayan al colegio a aprender de matemáticas, lenguaje y ciencias naturales, por cierto, una visión occidentalizada, sino que asistan a clases para desarrollar la capacidad de anhelar, de imaginar y de materializar esos deseos.
La familia, en tanto, es un pilar y base fundamental para el accionar de las políticas de progreso ya que, sin las correcciones, el afecto, el amor y el acompañamiento que son propios de este grupo de personas (no siempre con un grado de parentesco), no habría mejora alguna. Así que es necesario, también, educar a las madres y padres, sin discriminación, para que comprendan la importancia psicológica y sociológica de la crianza de sus hijos. De ello depende el futuro del país, si queremos personas que logren sus ideales o queremos a quienes destruyan las aspiraciones de los otros.
Es curioso y típico escuchar en conversaciones cotidianas de los colombianos expresiones que aluden al cansancio generalizado que hay a causa de la corrupción, la violencia, la inseguridad, entre otros fenómenos sociales, y no está mal porque es cierto, día a día se ven estas noticias negativas que nos entristecen; no obstante, de la misma manera en la que evaluamos el sistema político, la cultura y la realidad, debemos replantear nuestras acciones y discursos para ver en qué estamos fallando.
Las cifras históricas de abstencionismo son vitales para comprender un fragmento de nuestra cultura política: en lo que va de este siglo, según el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (2018), las elecciones del 2018 fueron las únicas que dejaron un saldo en contra de la abstención; años anteriores, este dato arrojaba que más del 50% de colombianos habilitados no salían a las urnas a ejercer su derecho al sufragio. Entonces, la pregunta que deviene tiene relación con cuestionar ¿Qué sociedad estamos construyendo? A sabiendas que la mitad de los colombianos no manifiestan su posición política, porque querer cambiar está bien, pero ¿Qué estamos haciendo? Con esto, lo que quiero señalar es que la práctica política institucionalizada más cercana que tenemos para manifestar esas ideas, valores y cosmovisiones de progreso, resultan del voto popular.
La movilización social es otra manera de hacerlo, pero, a pesar de la gran sensación que las manifestaciones evocan, no tienen la vinculación legal para hacer una transformación sin violencia: es así como saliendo a sufragar, encontramos la voz de la mayoría del pueblo. No importa si el voto en blanco gana, al final este hace parte del juego democrático; lo que sí es esencial es que, a partir de demostrar la voluntad de las mayorías, podemos trabajar sobre una idea de progreso.
Por consiguiente, la invitación debe extenderse a todos los miembros del Estado, sin importar el género, raza o credo ya que actualmente, como electores, hemos caído en la obediencia a los discursos de lo que Martha Nussbaum denomina "monarquía del miedo". Nos convertimos en fieles creyentes del miedo, ahora señalamos al "otro" como culpable de nuestras propias desgracias; sin embargo, si queremos ser un país con ideas de progreso, tenemos que dejar atrás la xenofobia, el racismo y la homofobia. A menudo olvidamos que nuestras raíces son negras, indígenas y campesinas, y mientras eso siga ocurriendo nos alejaremos cada vez más del barco del progreso y bienestar.
Cuando entendamos el valor de la diversidad lograremos crecer y desarrollarnos, a través de la educación y el conocimiento, como una nación próspera, una en la que aceptamos el debate y respetamos la diferencia, una en la que legitimamos la riqueza medida en activos culturales y no en riqueza económica; qué mejor competitividad y valor agregado que compartir al mundo la multiplicidad de lenguas, sabores y tradiciones que nos representan. Si no empezamos por reconocernos, veremos desde el fondo del olvido lo que resta del siglo XXI.
